Por cuestiones que no vienen al caso, contacté hace unas semanas con Javier García Recuenco. Azuzada por la curiosidad que me suscitaba el perfil de una persona que 1) ha cambiado de rumbo profesional varias veces en su vida y que 2) identifica el valor de la visión amplia de un «generalista» frente a la deformación profesional de la que, normalmente, adolece el experto, me puse a consumir algunas entrevistas que le han hecho y que me he encontrado en la Internet. (Una de ellas, en este episodio de Polymatas, un podcast muy recomendable para mentes ávidas de respuestas y reflexión).
Estrategia
Un aspecto recurrente de muchas de esas entrevistas es la recomendación del libro «Good Strategy Bad Strategy: The difference and why it matters», de Richard Rumelt. La primera vez que se lo escuché mencionar no tuve la más mínima tentación de leérmelo, honestamente. Sin embargo, ya se sabe: tanto va el cántaro a la fuente que, al final, se rompe, y yo acabé por comprarme el libro.
Confieso que soy de conocimiento intuitivo, de ese que no he leído ni estudiado en ninguna parte pero que, sin embargo, se me revela nítido y lógico. Y me gusta conocer así. También me gusta encontrarme la confirmación de ese conocimiento en los trabajos de otras personas que, con tesón y dedicación, aciertan a sustentarlo sobre los vigorosos brazos de la demostración.
Las metodologías preestablecidas, las teorías y los procesos predeterminados me cuestan, quizás porque no soy capaz ni de seguir una receta de cocina al pie de la letra y, la mayoría de las veces, acabo arriesgando y jugándomela. Pues bien, este libro no llamó mi atención porque esperaba que versase sobre métodos y formas preconcebidos de definir estrategias. Cuán equivocada estaba.
El libro
En las primeras páginas, el autor se dedica a quitarle farolillos al término «estrategia» y a devenirlo en su misma esencia. La estrategia no es más –tampoco menos– que el arte de la planificación para pasar a la acción, teniendo en cuenta el contexto y habiendo analizado la etiología de un problema. Esto es lo que demuestra el autor con múltiples ejemplos a lo largo de su texto.
El término ‘estrategia’ se ha desemantizado; es decir, ha perdido su significado original y, con él, toda su fuerza. Ha tornado sinónimo de éxito y, como apunta el propio Rumelt, «se confunde con la ambición, la determinación, el liderazgo inspirador o la innovación». De este modo, ya no tiene efecto y es el sambenito de toda aquella empresa que lo utiliza en favor de su marketing, sin atender a nada más.
De esto, sabe mucho G.ª Recuenco, que se dedica a la resolución de problemas complejos en el ámbito empresarial.
Volvamos al término
El fenómeno de la desemantización, de despojar una palabra de su significado, está a la orden del día; forma parte, de hecho, de la evolución de las lenguas. Mas pocas desemantizaciones se me ocurren tan nefastas como la del vocablo ‘estrategia’ en un entorno voraz como el de la empresa, o en el de la responsabilidad política.
En un océano donde la buena estrategia se antoja tan sumamente necesaria para mantenerse a flote entre los competidores –o para garantizar la respuesta apropiada de las instituciones–, vamos y cometemos el sacrilegio de utilizarla para el postureo político y corporativo, y dejar de inferir, así, lo que de verdad implica.
Son afamadas las víctimas que se ha cobrado la impiedad: Lehman Brothers, ejemplificada en el libro, fue una de ellas.
Corolario
A medida que el uso de la palabra estrategia se ha envilecido adornando retórica demagógica y delirios corporativos de grandeza, su verdadero significado y su razón de ser se han ido difuminando. Hasta el punto de perder su utilidad.
En definitiva, me gustaría apuntar a una conclusión bien clara y sencilla que se desprende de este hecho con graves consecuencias, y que no es más que la necesidad de utilizar las voces de nuestro lexicón de forma correcta, con su correspondiente significación y acepción, a fin de que todos podamos darle –más o menos– la misma interpretación y no nos quedemos sin algo tan crucial como es la estrategia. La buena estrategia. Y para eso, querido lector, hacen falta las humanidades: leer, entender, pensar en el sentido de las palabras y reflexionar sobre las ideas.
* Nótese el mal uso del adjetivo estratégico en este caso, a modo de ejemplo. Las humanidades podrían ser parte constituyente de los pasos a seguir –es decir, de la estrategia– para la resolución de un problema, pero no son estratégicas en sí mismas.
