Entre los traductores, se extiende el uso de un término tan familiar para la mayoría de los que nos dedicamos a esta profesión como los turnos de noche y las guardias para un gran número de profesionales sanitarios en España. Se trata de la traducueva.
La traducueva es el espacio de trabajo en el que el traductor lleva a cabo sus tareas de gestión de proyectos, de atención al cliente, de gestión terminológica, de gestión financiera, de revisión, corrección y, por supuesto, de traducción. Un espacio que, a menudo, no comparte con nadie; en el que no se entrecruzan miradas, ni risas, ni quejas. En el que no se comparten cafés y en el que se procrastina en solitario.
Numerosos son los estudios que han demostrado la relación existente entre el contacto social y los estados emocionales, así como el vínculo entre las emociones y la salud. De este modo, el contacto social y el apoyo que de él se deriva favorecen la aparición de estados emocionales positivos que, a su vez, se relacionan por ejemplo con una mayor resistencia a enfermedades infecciosas o una menor incidencia de enfermedades coronarias1,2.
No sé si los traductores caemos con más facilidad presas de la enfermedad, pero sí he observado una tendencia generalizada al pesimismo y la pesadumbre que, a menudo, emanan a través de una actitud sarcástica y suspicaz. Seguramente, como con todo ocurre, carecer de un entorno social laboral –y pasar, con ello, un tercio de TODOS los días laborables en modo ermitaño– no sea el único factor que contribuye a este estado de ánimo pero, sin duda, debe de sumar. Y confirmo mi tesis por metodología empírica, conmigo misma como sujeto de estudio y observando que aquellos compañeros que salen con más frecuencia de la traducueva y forjan buenas relaciones sociales dentro del ámbito laboral, tienden a presentar actitudes más positivas que, al mismo tiempo, les reporta más éxito en el trabajo. A largo plazo y conforme a lo que indican los resultados de muchos estudios, quizás también más salud y esperanza de vida.
Salir de la traducueva supone el esfuerzo que requiere abandonar la comodidad de la zona y la propia silla. Pero todos lo sabemos: nuestro cerebro nos recompensa con creces cada mínimo esfuerzo. Nos proporciona placer y satisfacción; lo notamos nosotros y lo notan los demás, por lo que no es de extrañar que esto redunde en beneficios adicionales y acabe convirtiéndose en un círculo virtuoso.
Desde aquí, animo a todos mis congéneres a salir ahí afuera, a vencer la pereza y a socializar en entornos laborales. A asistir a eventos, a ferias, a conferencias, hasta que la pila social (que merece entrada aparte) se vacíe. Todo sea por vivir gozando de salud y colmados de sentimientos positivos mientras nos dedicamos a esta, nuestra profesión, que sin duda ejercemos por pura pasión.
Para leer más:
Goleman, D. (1997). Los beneficios clínicos de los sentimientos positivos, Inteligencia emocional (pp. 280-286). Editorial Kairós. Barcelona
Barra Almagiá, Enrique. (2003). Influencia del estado emocional en la salud física. Terapia Psicologica. 21. 55-60. Disponible en: https://www.researchgate.net/publication/235760005_Influence_of_emotional_state_on_physical_health_Influencia_del_estado_emocional_en_la_salud_fisica
