Durante la primera mitad del s. XIX, cuando la química no había dado aún sus antipsicóticos y no existían indicaciones convencionales para tratar la enfermedad mental, comenzaron a fundarse en EE. UU. hospitales estatales en los que ofrecer un asilo, un hogar, a personas que, por sus problemas de salud mental, no podían llevar una vida normal fuera de ellos.
No todo eran camisas de fuerza
No todo eran camisas de fuerza. Como no pocas veces ocurre, ha prevalecido y ha trascendido la parte negativa de la historia, mas lo cierto es que, en estas instituciones, había mucho más que prácticas crueles, sordidez y brutalidad. También hubo luz, sosiego y dicha para muchos de los que allí vivían.
Un aspecto muy destacable y saludable de recordar es que casi todos estos hospitales eran autosuficientes: cultivaban su comida e incluso tenían ganado del que se encargaban los propios enfermos, además de las tareas de jardinería, lavandería y de cocina. Este trabajo en la institución, aparte de garantizar su subsistencia, constituía un tratamiento terapéutico, una suerte de «terapia ocupacional» para los enfermos, que se convertían en una comunidad cooperativa.

El reconocimiento de la enfermedad era algo tan obvio, ostensible y palmario en estos centros, que constituía la norma y no la excepción, de modo que los enfermos estaban protegidos del «ridículo, el aislamiento, la agresión o los insultos de los que tan a menudo eran objeto en el mundo exterior» (Todo en su sitio, Oliver Sacks).
De ahí su nombre
Y así, a estos hospitales se les denominaba asylum, porque ciertamente lo eran. Eran un refugio en el que personas con enfermedades mentales encontraban la condescendencia, la comprensión, la amabilidad que en otros lugares no se les dispensó, al tiempo que podían llegar a sentirse realmente útiles.
Con el tiempo, el desbordamiento de la población de estos hospitales, el desarrollo de los antipsicóticos a partir de la segunda mitad del s. XX, la aparición de las «ideas legalistas de los derechos de los pacientes», entre otros, remodelaron —y continúan haciéndolo— el abordaje de las enfermedades mentales y el consiguiente tratamiento personal y terapéutico de los pacientes.
Los hospitales psiquiátricos dejaron de constituir quizás el asilo que en un principio para muchos fueron; sin embargo, su designación, ha perdurado.
