Apelaba en este artículo la semana pasada al respeto hacia las personas por el simple hecho de serlo e independientemente de su complexión o aspecto físicos.
El respeto se materializa en gestos, en actitudes pero, sobre todo, en palabras. En una columna excelente publicada en Diario Médico, el traductor Lorenzo Gallego habla de los exabruptos verbales de los políticos, más propios de entornos taberneros que de quienes portan modales, compostura y educación.
Dice el autor que será esta una forma de apartarse de la política tradicional y de la formalidad, tan denostada en estos tiempos.
No estoy en absoluto en desacuerdo. Y en este punto, cabe recordar que no se han de perder las formas para decir lo que se quiere. Se puede ser directo y más hiriente que la punta de una flecha envenenada sin necesidad de recurrir a palabras malsonantes. Se puede hablar de casi cualquier tema, hasta del más repugnante o escatológico, sin pronunciar groserías ni revolverle las tripas a nadie. Aunque para ello hagan falta dignidad, alfabetismo e inteligencia, tríada que escasea en el panorama (político) nacional.
Una prueba irrefutable de la posibilidad de expresar cualquier cosa con elegancia y circunspección es esta canción del cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, que aquí les dejo para deleite de todos:
