En una de las publicaciones periódicas médicas a la que estoy suscrita, leía hace unos días la reflexión de un médico sorprendido ante el aumento incesante de la prevalencia de la obesidad en el mundo. Este aumento, según datos de la OMS, supone más del 100 % entre 1990 y 2022.
Bien cierto es que la realidad es poliédrica y que casi ningún hecho se debe a una sola causa, mas tampoco se podrá negar que alguna culpa de este incremento la han debido de tener los eufemismos. Si partimos de la premisa de que el lenguaje moldea el pensamiento, el empleo de eufemismos para dulcificar la realidad hará que no seamos capaces de afrontar las verdades y que se ciernan sobre nosotros sus consecuencias impías.
Bienintencionados
No niego que fuese —y sea— con la mejor de las intenciones que a los gordos se les ha hecho creer que están «robustos», «rellenitos», que son curvies, que es sencillamente genético o es constitución. Y, mira: no. Si tenemos lorzas, cartucheras o un abdomen que se empeña en salir a tomar el aire bajo la camisa, eso es grasa blanca, un tejido adiposo que secreta sus propias hormonas, que desestabiliza el sistema endocrino cuando se tiene en exceso, que produce inflamación, influye negativamente en el sistema musculoesquelético e induce la aparición de otras enfermedades. Es, salvo excepciones —que no dudo que las haya—, un signo fehaciente de desequilibrio, a veces con nombre e incluso apellidos: sobrepeso, obesidad de clase I, obesidad de grado I, obesidad leve, obesidad ligera, preobesidad; o, directamente, obesidad, adiposidad o adiposis[1].
Y decía que reconozco que la mentira eufemística podía surgir de la intención magnánima de crear respeto hacia los gordos, pero es que el respeto se inculca como un valor, y no hacia un grupo de personas determinado, sino hacia todos los seres humanos. A la persona con sobrepeso (u obesidad) hay que respetarla como se respeta al enfermo de cáncer o al autista, y como ellos, la persona con sobrepeso tiene derecho a saber que padece una enfermedad, a fin de poder tratarla o para decidir no hacerlo.

Otras consecuencias
También es importante la evitación de los eufemismos para que la sociedad desarrolle conciencia y no se perpetúe la propagación de la enfermedad debido a su normalización, o no se acuda alegremente a fármacos comercializados para el tratamiento de esta dolencia sin pensar en los efectos adversos o sin pararse a reflexionar que con su adquisición, quizás, se está restringiendo el acceso a personas que de verdad lo necesitan.
Conclusión
Normalizar el sobrepeso nos enferma. Engañarnos creyendo que es inofensivo tener kilos de más implica negarnos nuestro derecho a la salud, al tiempo que nos aleja de la posibilidad de obtener la ayuda médica y psicológica que podríamos estar precisando y nos exime del privilegio de poder decidir cambiar nuestros hábitos de vida.
Seamos respetuosos, con todos los seres humanos, y honestos llamando a las cosas por su nombre.
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[1] Sinónimos extraídos del Diccionario de Términos Médicos de la Real Academia Nacional de Medicina de España. Accesible a través del enlace: https://dtme.ranm.es/buscador.aspx
